Un diente de león vuela sin conocer su destino, sin conocer su finalidad. Vuela. Vuela y es difícil seguir su ritmo e imposible saber cuál será su ruta. Algunas veces, pero, es posible cogerlo con la mano y admirar su naturaleza, simple, agraciada, frágil, segura. Entonces te das cuenta de lo difícil que es cogerlo y de lo fácil que es perderlo. Aún con esmero y cuidado, el diente de león quiere seguir volando a su aire. Pero al postrarse en la palma de tu mano, tus ojos no pueden dejar de admirarlo, tan dócil y sencillo, a la par misterioso. Y al más mínimo parpadeo, el diente de león se escapa. Vuela. Sigue volando. Tal vez, pero sólo tal vez, volverás a encontrártelo y volverá a postrarse en la palma de tu mano. Querrás que no se te escape, pero no puedes retener a un alma que es libre e inquieta.
Sin darte cuenta, me perseguiste hasta que me postré en la palma de tu mano, como un diente de león. Ahora vuelo libre, cada vez más arriba; tu parpadeo es demasiado largo y me escapo, me escapo, me escapo… y no lo ves. Estoy fuera de tu alcance. Mis silenciosos gritos han sido en vano. Seguiré volando, libre, inquieta. Este es mi destino, mi ruta, mi rumbo, mi razón de ser.

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